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“Yo asumí hace tiempo que la privacidad ha desaparecido, es muy difícil mantener una privacidad en internet en el sentido amplio, aunque intentes usar herramientas de todo tipo”. Así de tajante lo dice Alfonso Muñoz en el capítulo 10 de El Enemigo Anónimo. No rebaja mucho menos la tensión Jorge Louzao: “La privacidad se está reduciendo al mínimo, es prácticamente un milagro pensar que algún día podamos recuperarla”.

No parecen afirmaciones demasiado exageradas. Hace dos años, El Confidencial hizo un experimento: demostrar a sus lectores qué podrían descubrir sobre ellos teniendo uno solo de sus datos. Solo uno: el nombre, el DNI, su perfil de Linkedin o incluso su email o su teléfono. Los resultados hablaban por sí solos: cualquiera puede descubrir sobre ti mucho más de lo que crees.

Pero, ¿es cierto que la privacidad en internet ha muerto? ¿Nos preocupamos por ella? Y si lo hacemos, ¿por qué tantas empresas tecnológicas acaban teniendo acceso a nuestros datos?

Nos preocupa nuestra privacidad…

A los ciudadanos nos preocupa nuestra privacidad. O, al menos, decimos que nos preocupa nuestra privacidad. Así lo asegura el informe Internet Security & Trust 2019, elaborado por el CIGI, que revela que los ciudadanos de todas las partes del mundo están cada vez más preocupados por el uso que hacen las empresas de sus datos personales:

De hecho, si comparamos estas cifras con las de hace un año, veremos que hay zonas geográficas en las que la preocupación está creciendo muy significativamente:

… pero no hacemos casi nada para protegerla

A una preocupación de ese tamaño debería acompañarle una reacción acorde, ¿no? Pues no del todo, la verdad: el Cyber Safety Insights Report de NortonLifeLock pone negro sobre blanco las medidas que están tomando los usuarios para preservar su privacidad online. Entre ellas, gestionar las cookies, tener cuidado con lo que publican en redes sociales, no usar Wifis públicas o recurrir a seudónimos en las aplicaciones y servicios web que utilizan a diario.

Aquí es donde se ve que la teoría está muy bien, pero la práctica es otra cosa. Si tanto decimos que cada vez nos preocupa más nuestra privacidad, ¿de verdad hacemos algo para protegerla? No lo parece. Otro ejemplo: según el estudio The Blinding Effect of Security Hubris on Data Privacy, elaborado por Malware Bytes, solo el 47% de los usuarios sabe qué apps tienen acceso a su móvil, y apenas un 32% se lee los famosos términos y condiciones:

Esta minúscula preocupación por los permisos que concedemos a ciertas empresas tecnológicas también aparecen en otros estudios como el IT Risk/Reward Barometer 2013 de ISACA, que da cuenta de que el 30,6% rara vez se lee los permisos y el 29,4% no lo hace absolutamente nunca.

El mayor espía del mundo es tu móvil

Hay un dispositivo que se ha convertido, de lejos, en el mayor peligro para nuestra privacidad: el móvil. En una época en que los ciudadanos estábamos cada vez más concienciados del riesgo que corren nuestros datos al navegar desde el ordenador, está claro que con el móvil hemos bajado la guardia.

A Juan Tapiador, profesor de la Universidad Carlos III de Madrid (UC3M), no le cabe la menor duda: “El móvil es el mayor instrumento de espionaje que probablemente hayamos desarrollado nunca. Hablamos de un dispositivo que llevamos 24h al día encima. El móvil es lo último que la mayor parte de la población mira antes de acostarse y lo primero que mira cuando se levanta por la mañana. Lo llevas pegado a ti. Es capaz de tomar fotos, de registrar audio, es capaz de saber cómo te relacionas, con quién, quiénes son tus amigos, lo utilizas para trabajar, ahora también sabe tu pulso sanguíneo, si estás nervioso, si te comunicas con mucha o poca frecuencia, a dónde viajas… Sabe más de nosotros que nosotros mismos”.

“El móvil es el mayor instrumento de espionaje que probablemente hayamos desarrollado nunca”

Juan Tapiador, UC3M

En este uso del móvil, por desgracia, se cuelan infinidad de ilegalidades. Solo un dato: en 2018, Symantec bloqueó un promedio de 10.573 aplicaciones móviles maliciosas por día. Además, según un informe de RSA, el 60% de las ciberestafas se producen en el entorno móvil. Y las apps de productividad, juegos y entretenimiento son las más peligrosas:

Hemos hablado de los usos ilegales que hacen algunas apps para vulnerar nuestra privacidad, pero hay algo peor: los usos legales. Jorge Louzao nos recuerda que “la gente no es consciente de que se baja aplicaciones a las que les da permiso de cámara, permisos de grabación de audio, permisos de geolocalización…”. Y lo peor de todo no es que demos según qué permisos, sino que esos permisos no sean en absoluto necesarios para lo que hace la app en cuestión: “¿Qué tiene que ver un programa de edición de fotos con mi lista de amigos? ¿Por qué la aplicación de cita médica me pide acceso a mi micrófono?”, se pregunta Svetlana Miroshnichenko.

Grabar los aplausos de tus vecinos o a los DJ’s de balcón es una pésima idea: cualquier podría localizar tu casa fácilmente

Pongamos un ejemplo concreto: ¿te acuerdas cuando en el confinamiento veías a gente en redes sociales grabando los aplausos de sus vecinos o las sesiones de los DJ’s de balcón? Pues Clara García Palacios nos recuerda que esa fue una pésima idea: “A día de hoy es muy fácil subir una foto y que te digan exactamente dónde estás; estamos publicando una cantidad masiva de datos continuamente en redes sociales”.

Podríamos poner muchos más ejemplos de aplicaciones a las que das voluntariamente permisos para que cojan tus datos… pero que no lo harías si realmente supieras lo que van a hacer con ellos. El mejor ejemplo es el de FaceApp, la aplicación que en 2019 calculaba cómo serías de mayor y en 2020 cómo serías si tuvieras el sexo contrario.

En 2019 ya se informó de que FaceApp podría ser una estupendísima herramienta que aprovecharía su hype para entrenar algoritmos de reconocimiento facial, entre otras muchísimas cosas, pero nada de eso impidió que en 2020 la gente volviese a bajársela. Y lo peor de todo es que mucha de la gente que se la bajó la segunda vez ya sabía a lo que se estaba exponiendo, pero ¿qué importa tu privacidad cuando puedes jugar con una aplicación?

¿Tenemos la culpa los usuarios? En realidad no

El caso de antes es especialmente paradigmático: si sabemos que un app o red social trafica con nuestros datos, ¿por qué seguimos usándola?

Culpar al usuario es la opción fácil, pero no por ello es la más acertada. Siempre se señala que los usuarios no nos leemos los términos y condiciones de las apps y redes sociales que usamos, pero seamos sinceros, ¿hay alguien que lo haga? ¿Hay alguien capaz? En Visual Capitalist han calculado el número de palabras que tienen los términos y condiciones de Facebook, Instagram, Spotify, Twitter, Apple, Amazon… y el tiempo que se tarda en leerlos. Si eres valiente, pincha en el pie de foto de la imagen de abajo para verla entera.

Pincha aquí para ver la imagen entera.

Volvamos a una pregunta que antes dejamos colgando: si sabemos que una red social nos pide más datos de los que serían aceptables, ¿por qué la seguimos usando? “Yo no me puedo salir de Facebook si toda mi familia está en Facebook o si tengo una abuela que solo está en Facebook”, nos cuenta Marilín Gonzalo. “Los usuarios somos conscientes de lo que pasa con nuestros datos, pero el problema es tan gordo, está tan poco en nuestras manos salirnos del sistema…”.

Yoya Silva también defiende a los usuarios, ya que, para ella, “la gente no está concienciada… y no debería estarlo. Cuando alguien se va a comprar una lavadora no mira que cumpla todos los requisitos de seguridad. Debería ser algo normativo: no puedes vender aplicaciones, no puedes vender terminales, no puedes vender dispositivos si no cumplen unas determinadas condiciones de seguridad”.

“Si no te importa la privacidad porque no tienes nada que ocultar… es como si no te interesa la libertad de expresión porque no tienes nada que decir”

Román Ramírez también invierte la carga de la culpa: “Cuando vas a la cocina, coges un vaso, abres el grifo y bebes agua, ¿alguien te ha dicho que pongas un antivirus que detecte bacterias en el caño del grifo y que te asegures de conocer bien cómo funciona la infraestructura distribución de agua? ¿Y que llames al tío de aguas de Madrid para decirle ‘Oye, dame tu cuenta de correo por si te tengo que reportar una amenaza’? ¿A que no? ¿Y por qué tiene que ser diferente en la informática?”.

Echarle la culpa al usuario, por tanto, tiene su parte de razón, pero no parece precisamente justo. Eso sí, los usuarios tampoco debemos permanecer al margen de nuestros derechos. Ya lo dijo Snowden: “Si dices que no te importa la privacidad porque no tienes nada que ocultar… es lo mismo que decir que no te interesa la libertad de expresión porque no tienes nada que decir“.

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